miércoles, 6 de septiembre de 2017

"Alias Grace" de Margaret Atwood



Se abre la puerta y entra un hombre. Es un joven, de mi edad o algo mayor, lo cual es ser joven para un hombre pero no para una mujer, pues a mi edad una mujer es una solterona pero un hombre no es un solterón hasta los cincuenta e incluso entonces sigue habiendo esperanza para las señoras, tal como Mary Whitney solía decir.

Me resulta muy raro permanecer encerrada en un cuarto del penal, hablando con un desconocido sobre Francia, Italia y Alemania. Un viajero. Debe de ser un andariego como Jeremiah el buhonero. Pero Jeremiah viajaba para ganarse el pan y los hombres de esta clase ya son muy ricos. Hacen viajes porque sienten curiosidad. Recorren el mundo y contemplan cosas, cruzan los mares como si nada y si les va mal en un sitio simplemente se largan y se van a otro.

No esperaba el derrumbamiento de su padre ni el de sus fábricas de tejidos, no sabe muy bien cuál de las dos cosas sucedió primero.
Las fábricas se vendieron y también se vendió la impresionante mansión de su infancia y su numeroso ejército de criados, las camareras, las mozas de la cocina, las doncellas del salón, aquel coro perennemente cambiante de sonrientes muchachas y mujeres con nombres como Alice y Effie, que mimaron y también dominaron su infancia y juventud y respecto a las cuales él tiene en cierto modo la sensación de que también se vendieron junto con la casa.

En cuanto la vio, comprendió que no iba a ocurrir nada de todo eso. La luz matinal penetraba oblicuamente por un ventanuco de la parte superior de la pared, iluminando el rincón donde ella se encontraba. Era una imagen casi medieval por su pureza de líneas y su angulosa claridad: una monja en un claustro, una doncella en la mazmorra de una torre, esperando su muerte en la hoguera al día siguiente o la llegada en el último momento de un paladín que acudiera a rescatarla.

Un pedazo de pan, una jarra de té flojo, carne a la hora de cenar pero no mucha pues el exceso de alimentos demasiado fuertes estimula los órganos criminales del cerebro o eso dicen los médicos, y después los carceleros y los guardas nos lo repiten a nosotras.
Siendo así, ¿por qué a ellos no se les estimulan más los órganos criminales, puesto que comen toda la carne, la gallina, el tocino, los huevos y el queso que pueden? Por eso están tan gordos. Creo que a veces se comen lo que nos corresponde a nosotras, cosa que no me sorprendería porque aquí el perro se come al perro y ellos son los perros más grandes.

En la residencia del alcaide, Simon es acompañado a una salita casi tan espaciosa como para ganarse el calificativo de salón. Todas las superficies que hay en ella están tapizadas; los colores son los mismos que los de las entrañas del cuerpo: el rojo oscuro de los riñones, el morado rojizo del corazón, el azul opaco de las venas, el marfil de los dientes y los huesos. Simon se imagina la sensación que causaría si expresara en voz alta este aperçu.

¿Cuántas jóvenes aceptables ha exhibido ésta discretamente ante él como si fueran cebos de pesca? Siempre las coloca al lado de un jarrón de flores blancas. La moralidad de las chicas era siempre irreprochable, su conducta, tan limpia como el agua de un manantial y su mente le era descrita como una masa de harina sin cocer que él tendría el privilegio de moldear y formar. A medida que una hornada de jóvenes se compromete en matrimonio y se casa, brotan otras más jóvenes cual tulipanes en mayo. Ahora son tan jóvenes en comparación con Simón que éste tiene dificultades para conversar con ellas y experimenta la sensación de estar hablando con una camada de gatitos.

Y él insiste: si te hicieras un quilt para ti, ¿qué motivo elegirías?
Bueno, ahí sí que no tengo la menor duda; sé la respuesta. Sería un Árbol del Paraíso como el que la esposa del concejal Parkinson guardaba en su arcón; yo solía sacarlo con la excusa de ver si necesitaba algún remiendo sólo para admirarlo: era precioso, todo confeccionado con triángulos; los de las hojas eran oscuros y los de las manzanas eran claros, una labor muy primorosa, con unas puntadas casi tan diminutas como las que hago yo; pero en el mío el ribete sería distinto. El ribete del quilt de la señora Parkinson era el de la Caza del Pato Salvaje y el mío tendría dos ramas entrelazadas, una de color claro y la otra de color oscuro, «ribete de parra» lo llaman, como los zarcillos de las parras que adornan el marco del espejo del salón. Sería muy trabajoso y llevaría mucho tiempo; aunque si el quilt fuera mío y sólo mío, estaría dispuesta a hacerlo.
Pero lo que le digo a él es otra cosa. Le digo: no lo sé, señor. A lo mejor, un Lágrimas de Job, un Árbol del Paraíso o una Valla en Zigzag, o quizás un Rompecabezas de Solterona, porque ahora soy una solterona, ¿no le parece, señor?, y desde luego lo mío es un rompecabezas.
Esto último se lo dije en broma.

La necesidad crea extrañas alianzas.
Quizás una travesía por mar y una cárcel sean los medios que Dios emplea para recordarnos que todos estamos hechos de la misma carne y que toda la carne es hierba y toda Ja carne es débil. O eso quiero yo creer.

A continuación me echó un rápido vistazo con aquellos ojos negros tan inteligentes y luminosos y me dijo en voz baja para que las demás no lo oyeran: tienes por delante unas rocas muy duras. Supongo que siempre las hay, señor, yo tengo muchas a mi espalda y he sobrevivido a ellas, contesté sin asustarme demasiado por sus palabras.
Entonces me dijo una cosa muy extraña. Me dijo: eres una de los nuestros.

Pero no tuve estas fantasías acerca de los quilts hasta que me encerraron en la cárcel. Es un lugar donde dispones de mucho tiempo para pensar sin nadie a quien puedas contarle tus pensamientos; y entonces te los cuentas a ti misma.

Allí se quedó, mimado por todo el mundo, con mucho tiempo a su disposición y sin apenas nada que hacer, lo que es muy malo para un joven rebosante de energía. No le faltaron las fiestas, ni chicas con quien bailar, ni madres que pretendían casarlo con sus hijas sin que él lo supiera.
Creo que lo mimaban demasiado y él mismo se mimaba, pues si el mundo te trata bien, señor, acabas creyendo que lo mereces.

El más temible de sus instructores en el Guy’s Hospital de Londres, el célebre doctor Bransby Cooper, solía decir que el requisito de un buen cirujano, como el de un buen escultor, es la capacidad de distanciarse del asunto que tiene entre manos. Un escultor no tiene que distraerse con los fugaces encantos de su modelo sino que ha de considerarla objetivamente como la mera base material o la arcilla con la cual creará su obra de arte. De igual manera, un cirujano es un escultor de la carne; debe ser capaz de cortar un cuerpo humano con el mismo cuidado y la misma delicadeza con que se labra un camafeo. Lo único que se necesita es una mano severa y un ojo que no pestañee. Los que se compadecen demasiado de los sufrimientos del paciente son aquellos entre cuyos dedos resbala el bisturí. Los enfermos no necesitan tu compasión sino tu habilidad.
Todo eso está muy bien, piensa Simón, pero los hombres y las mujeres no son estatuas, no carecen de vida como el mármol, aunque a menudo acaban convertidos en algo muy parecido tras un atormentador intervalo de ruidosa y rezumante congoja.

El ama de llaves del reverendo Verringer lo saluda con una reprobadora inclinación de cabeza. En caso de que sonriera, la cara se le cuartearía como una cáscara de huevo. Sin duda existe una escuela de fealdad adonde se envía a esas mujeres para que se ejerciten, piensa Simón.

No está bromeando, de veras no lo sabe. Los hombres como él no tienen que limpiar las cosas que ensucian; en cambio, nosotros tenemos que limpiar lo que ensuciamos y, encima, lo que ensucian ellos. En este sentido son como niños; no han de pensar por adelantado ni preocuparse por las consecuencias de lo que hacen. Sin embargo, ellos no tienen la culpa, la culpa es de la educación que han recibido.

Pero no me gustó la mirada perdida de sus ojos ni el tono abatido de su voz; se avecinan dificultades, pensé, tal como siempre ocurre cuando uno ama y el otro no.

El pastor se pasó un buen rato hablando de esta guisa mientras yo me entretenía examinando las papalinas de las damas que tenía delante y las flores de sus chales y pensaba que, si no podías alcanzar la Gracia Divina ni por medio de la oración ni de ninguna otra manera y ni siquiera podías saber si gozabas de ella o no, lo mejor que podías hacer era olvidarte de toda aquella cuestión y dedicarte a lo tuyo, pues tu condenación o tu salvación no eran asunto de tu incumbencia.
De nada sirve llorar por la leche derramada si no sabes si la leche se ha derramado o no y, si eso sólo lo sabe Dios, sólo Dios puede ponerle remedio en caso necesario.

El camino hacia la muerte es muy solitario y más largo de lo que parece, incluso cuando conduce directamente hacia abajo desde el patíbulo por medio de una cuerda. Es un camino oscuro en el que nunca brilla la luna para iluminar tus pasos.

En su época de estudiante solía comentar que, si a una mujer no se le ofrece más alternativa que la de morirse de hambre, la de prostituirse o la de suicidarse arrojándose al vacío desde un puente, la prostituta, que pone de manifiesto el más tenaz instinto de conservación que existe, debería ser considerada más fuerte y cuerda que sus hermanas más frágiles que ya no viven.
No se podía nadar y guardar la ropa, señalaba: si las mujeres son seducidas y abandonadas, tienen que volverse locas; pero, si sobreviven y seducen a su vez, entonces es que están locas ya de entrada.

Cuando cierro los ojos recuerdo todos los detalles de aquella casa con tanta claridad como si estuviera viendo un cuadro —el pórtico con las flores, las ventanas y las columnas blancas bajo la brillante luz del sol—, y podría recorrer todas sus estancias con los ojos vendados, aunque en aquellos momentos la residencia no me produjo ninguna sensación en particular y yo sólo deseaba un sorbo de agua.
Me resulta extraño pensar que, de entre todas las personas que había en aquella casa, yo sería la única que permanecería con vida seis meses después.


domingo, 27 de diciembre de 2015

"A propósito de Abbott" de Chris Bachelder


¿Por qué tienes que leer este libro?


  • Porque te darás cuenta de la necesidad fundamental de los humanos de decorar otras especies, cuando, acompañando a tu hija a la tienda de animales, descubras cangrejos ermitaños de colores.

  • Porque tras realizar varios experimentos, llegarás a la conclusión de que tu perro, además de tener miedo a los truenos, los fuegos artificiales, los motores que petardean, los aviones, los camiones de la basura, las furgonetas de reparto, los otros perros, los gatos, la gente, los pájaros y los bichos ruidosos, los espantapájaros, los muñecos de nieve, las cometas y las banderas, algunos árboles, la lluvia torrencial, la llovizna, la niebla, los cielos nublados, los cielos parcialmente nublados, las ráfagas de viento y las refrescantes brisas veraniegas, también le asusta el rumor apenas audible del papel higiénico al desenrollarse.

  • Porque si le preguntas a tu hija cómo quiere que se llame su nuevo hermanito, te arriesgas a acabar poniéndole a tu hijo "Guepardo".

  • Porque descubrirás, después de varios años casado, que el matrimonio es una lucha (técnicamente, una negociación) por ver cómo se reparte el Mal Humor y quien tiene más derecho a tenerlo.

  • Porque te enojará la rapidez con la que el fontanero desatasca la tubería principal, ya que ello no te permitirá presumir delante de tu mujer de lo eficazmente que estás solventando el problema, porque no le habrá dado tiempo de volver todavía a casa.

  • Porque te dará tanta pena que tu hija se corte el pelo por primera vez, que cogerás sus pequeños rizos dorados del suelo y los guardarás en una bolsa que esconderás para que tu mujer no los tire.

  • Porque si no fueras un frustrado humanista sin plaza fija en el campus estrella de un sistema universitario estatal, te gustaría ser científico en el trabajo de campo de un proyecto de investigación inútil, como por ejemplo, el estudio de las luciérnagas, para pasarte los veranos llevando a cabo esa investigación en el mismo lugar de Pensilvania, sentado en una roca prominente y contemplando desde arriba las luciérnagas que titilan en un enorme campo en forma de cuenco.

  • Porque un caluroso día de Junio, estando embarazada, perseguirás por el parking de un outlet a tu hija, que corre en calcetines amarillos con el pañal medio caído porque no le da la gana vestirse.

  • Porque estás tan estresado con la paternidad, que le abres la puerta al técnico de la nevera con el brazo completamente cubierto de pegatinas de mariposas, llevando encima tres o cuatro pulseras, unos diez collares y a tu hija llena de rayas de rotulador, para que te acabe diciendo que si la nevera no enfría es porque tienes que subirle el termostato.

  • Porque por mucho que lo intentes, no lograrás sorprender a tu mujer (ni tan siquiera haciendo pan de plátano); podrán sorprenderle tus actos, pero no tú mismo, te conoce demasiado bien.


jueves, 26 de noviembre de 2015

"Frankenstein" de Mary Shelley


¿Por qué tienes que leer este libro?


  • Porque la mañana te traerá un amigo inesperado, aunque sí anhelado.

  • Porque nunca habrás sentido tanta curiosidad por escuchar una historia.

  • Porque tendrás la más feliz de las infancias, con los mejores compañeros de aventuras, aprendiendo las cosas por deseo, no por obligación.

  • Porque el resultado de tu trabajo no será el que esperabas, e incluso, llegará a asustarte.

  • Porque una persona inocente pagará por un crimen cometido por tu culpa.

  • Porque aprenderás lo que es la vida observando a través de una rendija.

  • Porque un regalo imprevisto te abrirá las puertas a otros mundos.

  • Porque aceptarás una cruel petición a cambio de la promesa de una futura paz.

  • Porque serás acusado falsamente de un asesinato, pero tu vida será tan desdichada, que preferirías ser culpable de ese crimen para así poder morir.

  • Porque, a causa de incumplir un trato, terminarás pagando un precio muy alto.