domingo, 3 de diciembre de 2017

"Pequeñas mentiras" de Liane Moriarty



HARPER: Escucha, lloré cuando nos enteramos de que Emily era superdotada. ¡Otra vez!, pensé. ¡Sabía dónde me metía, porque ya había pasado por eso con Sophia! Renata estaba en el mismo barco. Dos hijos superdotados. Nadie sabe el estrés que genera. Renata estaba preocupada por cómo se adaptaría Amabella al colegio, si la estimulación sería suficiente y cosas así.
Por eso, cuando el niño ese de nombre ridículo, el tal Ziggy, hizo lo que hizo, el mismo día de la presentación, ella lógicamente se angustió.
Ahí empezó todo.

Abigail cree que su padre es maravilloso. Soy la única que le guarda rencor. Dicen que es bueno quitarse de encima el rencor, pero no lo sé, a mí me gusta mucho el mío. Lo cuido como a una pequeña mascota.

«Oh, eres tan joven y guapa, Jane» (cuando estaba claro que no lo era; era como si pensaran que una cosa llevaba aparejada la otra; que, si eras joven, automáticamente eras guapa). «Oh, eres tan joven, Jane, seguro que sabes arreglarme el teléfono, el ordenador, la cámara fotográfica» (cuando de hecho a muchas amigas de su madre se les daba mejor la tecnología que a Jane). «Oh, eres tan joven, Jane, tienes tanta energía» (cuando estaba tan cansada que no podía más).

—Seguro que te haces amiga de Bonnie —dijo Madeline—. Es imposible odiarla. Incluso a mí, que se me da muy bien odiar, me resulta difícil. Tengo que esforzarme en cuerpo y alma.

Madeline les había dicho a sus hijos que si se portaban mal Santa Claus podría dejarles una patata envuelta y que se quedarían para siempre sin saber a qué maravilloso regalo sustituía. El deseo más ferviente de Chloe para la Navidad era que su hermano recibiera una patata. Probablemente le hacía más ilusión que la casa de muñecas bajo el árbol.

El día de hoy sería perfecto en todos los sentidos. Las fotos de Facebook no mentirían. Qué alegría. En su vida habría mucha alegría. Era un hecho cierto y verificable. Realmente no tendría que abandonarlo hasta que los chicos terminaran la secundaria. Entonces sería el momento adecuado para irse. El día en que acabaran sus últimos exámenes. «Dejen a un lado sus bolígrafos», dirían los examinadores. Ese sería el instante en que Celeste dejaría a un lado su matrimonio.

Apagó la luz del cuarto de baño. Fueron cada uno a su lado de la cama, encendieron las lámparas de las mesillas y retiraron el edredón con un movimiento suave y sincronizado que demostraba, dependiendo del humor de Madeline, que eran el matrimonio perfecto o que estaban atrapados en una rutina de clase media de barrio residencial y necesitaban vender la casa e irse de viaje por la India.

¿Había alguna parte enferma y dañada de Celeste a la que en realidad le gustaba vivir así y deseaba este matrimonio sucio y vergonzoso? Así se lo planteaba ella.

Le había llamado la atención oír una vez que había mujeres que alegaban tensión premenstrual como atenuante de homicidio. Ahora lo comprendía. ¡Ese día podría alegremente matar a alguien!

Yo no era muy llorona, más bien todo lo contrario. Es la edad, tengo cincuenta y ocho, como mis amigas, fuimos a comer el otro día, somos amigas desde que nuestras hijas empezaron preescolar. Hablamos del tema, de que nos sentimos como si tuviéramos quince años, que lloramos por nada.

Podría haber sido peor. Mucho peor, desde luego. Había leído artículos sobre auténticas víctimas de la violencia doméstica. Eso era terrible. Eso era real. Lo que hacía Perry no era nada. Naderías, lo que era el colmo de la humillación, porque era tan… cutre. Tan infantil y vulgar.

—Sí, de acuerdo, ¿y qué si lo fuera? —interrumpió Jane—. ¿Y qué si lo fuera? Voy a eso. ¿Y qué si tuviera un poco de sobrepeso y no fuera particularmente bonita? ¿Por qué es tan terrible? ¿Tan repugnante? ¿Por qué es el fin del mundo?
Madeline no supo qué decir. Lo cierto es que ser gorda y fea para ella sí sería el fin del mundo.
—Porque toda la autoestima de la mujer reside en su imagen —dijo Jane—. Es por eso. Porque vivimos en una sociedad obsesionada por la belleza en la que lo más importante que puede hacer una mujer es resultar atractiva para los hombres.

Jane sabía por Madeline que Geoff y Renata donaban regularmente ostentosas cantidades de dinero al colegio. «En el concurso de preguntas del año pasado tuvimos que aguantar como campesinos reconocidos que la señora Lipmann agradeciera a los Klein que hubieran pagado el aire acondicionado de todo el colegio», le había contado Madeline. Luego se le había iluminado el rostro al venírsele a la cabeza que quizá Celeste y Perry los pudieran superar este año. «Podrían jugar todos al “yo soy más rico que tú”».

Todo el mundo estaba borracho. En realidad, fue una gran noche hasta que todo se fue a la mierda.

Pero todos los niños dormidos son guapos. Incluso los niños verdaderamente horribles probablemente parecen guapos cuando están dormidos. ¿Cómo podía estar segura de que no había sido él? ¿Acaso alguien conoce a sus hijos? Los hijos son pequeños extraños que cambian, desaparecen y vuelven a presentarse constantemente. De la noche a la mañana pueden aparecer nuevos rasgos de personalidad. Y luego estaba… «No lo pienses. No lo pienses».

Tal vez amenazar a Perry con dejarlo obedecía a que quería confesar lo que había hecho. No podía soportar la carga del secreto.

—Ya buscaré yo a ese asqueroso de mierda —dijo Madeline—. ¿Cómo has dicho que se llamaba? Lo encontraré y luego contrataré a alguien para que lo liquide. En la actualidad debe de haber algún servicio online para «matar a un cabrón».

¿Ha visto fotos del concurso de preguntas? Celeste estaba imponente. La gente se la quedaba mirando. Por lo visto el collar de perlas era un auténtico McCoy. Pero ¿sabe qué? He estado mirando las fotos y hay cierta tristeza en su cara, en su mirada, como si hubiera visto a un fantasma. Casi como si supiera que esa noche iba a suceder algo terrible.


sábado, 4 de noviembre de 2017

Relatos de Geralt de Rivia: "El último deseo",
"La espada del destino" y "Estación de tormentas"
de Andrzej Sapkowski


¿Por qué tienes que leer esta saga?


  • Porque en Wyzima, te ofrecerán tres mil ducados por desencantar a una princesa, mil quinientos por matarla y mil por dejarla viva tal y como está.

  • Porque acudirás al santuario de la diosa Melitele, cuya venerable sacerdotisa es tu vieja amiga Nenneke, y allí, podrás curar tus heridas y consolarte en los brazos de la silecionsa Iola.

  • Porque la bella, no siempre es bella, y la bestia, no siempre es bestia.

  • Porque una hermosa ladrona psicópata acompañada por sus siete secuaces, te hará reflexionar sobre cual es el mal menor.

  • Porque serás invitado a un suntuoso banquete en el que te ofrecerán un trabajo, sin embargo, acabarás luchando contra la rabia de que una antigua promesa se incumpla.

  • Porque en algunas casas no eres del todo bienvenido debido a tu costumbre de matar ratas atravesándolas con el tenedor durante las comidas.

  • Porque la visita de un viejo compañero de aventuras, a pesar de que disgutará a Nenneke, aliviará tus pesares y te traerá gratos recuerdos.

  • Porque a causa de un imprudente amigo, acabarás saldando las deudas de una poderosa hechicera mientras ella lleva a cabo su plan secreto.

  • Porque en el confín del mundo, junto al trovador Jaskier, serás contratado para cazar a un diablo aficionado a la agricultura, aunque finalmente te verás envuelto en una antigua venganza élfica.

  • Porque las princesas, por mucho que hayan cambiado con el tiempo, siguen usando bragas de batista.

  • Porque un inesperado compañero de viaje, durante una noche de descanso, te invitará en una posada a angulas al ajillo en aceite y vinagre, pimientos verdes rellenos en escabeche, sopa de almadiero, asado de cordero con cebolla, cangrejos al hinojo, queso de oveja, ensalada, un barrilete de cerveza y pasar un buen rato en una tina con dos atractivas guerreras zerrikanas.

  • Porque un dragón dorado te enseñará una lección sobre los Poderes del Orden y los Poderes del Caos.

  • Porque en ocasiones, será la sirenita la que rechace al príncipe.

  • Porque una noche, en el bosque de Brokilón, acabarás durmiendo abrazado a una dríada a la que acabarás de conocer.

  • Porque la verdad puede doler tanto como una esquirla de hielo en el corazón.

  • Porque tendrás que trabajar en Aedd Gynvael, una ciudad tan odiosa, con gentes tan viles y avaras, que te tocará regatear por tu sueldo con el estarosta tras matar a un zeugel en un vertedero.

  • Porque terminarás estimando las habilidades que poseen los doppler para los negocios.

  • Porque bajarás hasta el fondo del mar en busca de un regalo de cumpleaños para acabar huyendo de un ejército de monstruos marinos.

  • Porque la experiencia te hará componer el más bello de los romances sobre una historia de amor, pero en el fondo de tu corazón sabrás que es mentira, y que nunca te atreverás a contar lo que sucedió en realidad.

  • Porque vivirás para matar y deberás calcular todas las variables para cazar a tu víctima con éxito. Aunque ello suponga en alguna ocasión tener que utilizar de cebo a quien no deseas poner en peligro.

  • Porque en Kerack, la ciudad con olor a pedo, donde te obligarán a entregar las armas a la entrada, una misteriosa hechicera pelirroja te observará mientras comes en la única posada que usa manteles.

  • Porque serás acusado de malversación, robo y enajenación de bienes pertenecientes a la corona, por suerte, la experiencia te ha convertido a ti mismo en tu mejor abogado.

  • Porque te sorprenderá que alguien con el poder de borrar las señales del paso del tiempo conserve un tatuaje de su genuina juventud.

  • Porque descubrirás que los vigilosaurios son fabricados en serie.

  • Porque a los hechiceros se les escapará de las manos un asunto de tal manera que tendrán que recurrir a tí para que arregles su desaguisado.

  • Porque aprenderás a apreciar la particular sensibilidad para la poesía que tienen los enanos:

    Los mozos siegan la hierba,
    las mozas cargan el heno,
    con temor de que nos llueva
    miramos todos al cielo.

    En lo alto de la colina,
    esperando el aguacero,
    nos meneamos la polla
    y las nubes vuelan lejos.

  • Porque tras salvarle la pierna a un amigo, una viejísima herborista te ofrecerá esnifar fisstech.

  • Porque investigando cuevas en compañía de un lobizón, encontrarás la puerta secreta que estabas buscando.

  • Porque entenderás que las raposas recorren lo que haga falta para recuperar lo que es suyo y cobrarse su venganza.

  • Porque te darás cuenta de que no podrás escapar de tu destino. El destino es una espada de doble filo, un filo eres tú, el otro, la muerte.



jueves, 5 de octubre de 2017

"Yerma" de Federico García Lorca



YERMA. Pero tú no. Cuando nos casamos eras otro. Ahora tienes la cara blanca como si no te diera en ella el sol. A mí me gustaría que fueras al río y nadaras, y que te subieras al tejado cuando la lluvia cala nuestra vivienda. Veinticuatro meses llevamos casados y tú cada vez más triste, más enjuto, como si crecieras al revés.

YERMA. No. No me repitas lo que dicen. Yo veo por mis ojos que eso no puede ser... A fuerza de caer la lluvia sobre las piedras éstas se ablandan y hacen crecer jaramagos, que las gentes dicen que no sirven para nada. Los jaramagos no sirven para nada, pero yo bien los veo mover sus flores amarillas en el aire.

Te diré, niño mío, que sí. Tronchada y rota soy para ti.
¡Cómo me duele esta cintura donde tendrás primera cuna!
¿Cuándo, mi niño, vas a venir?

Yo pienso que se nos va la mitad de nuestra sangre. Pero esto es bueno, sano, hermoso. Cada mujer tiene sangre para cuatro o cinco hijos, y cuando no los tienen se les vuelve veneno, como me va a pasar a mí.

Te vas a reír de mí. He tenido dos maridos, catorce hijos, seis murieron, y sin embargo no estoy triste y quisiera vivir mucho mas. Es lo que digo yo: las higueras, ¡cuánto duran!; las casas, ¡cuánto duran!; y sólo nosotras, las endemoniadas mujeres, nos hacemos polvo por cualquier cosa.

VIEJA. ¿Y con tu marido?...
YERMA. Mi marido es otra cosa. Me lo dio mi padre y yo lo acepté. Con alegría. Ésta es la pura verdad. Pues el primer día que me puse novia con él ya pensé... en los hijos... Y me miraba en sus ojos. Sí, pero era para verme muy chica, muy manejable, como si yo misma fuera hija mía.

YERMA. ¿Por qué te has casado?
MUCHACHA 2. Porque me han casado. Se casan todas. Si seguimos así, no va a haber solteras más que las niñas. Bueno, y además..., una se casa en realidad mucho antes de ir a la iglesia. Pero las viejas se empeñan en todas estas cosas. Yo tengo diecinueve años y no me gusta guisar, ni lavar. Bueno, pues todo el día he de estar haciendo lo que no me gusta. ¿Y para qué? ¿Qué necesidad tiene mi marido de ser mi marido? Porque lo mismo hacíamos de novios que ahora. Tonterías de los viejos.

LAVANDERA 1. Pero ¿vosotras la habéis visto con otro?
LAVANDERA 4. Nosotras no, pero las gentes sí.
LAVANDERA 1. ¡Siempre las gentes!
LAVANDERA 5. Dicen que en dos ocasiones.
LAVANDERA 2. ¿Y qué hacían?
LAVANDERA 4. Hablaban.
LAVANDERA 1. Hablar no es pecado.
LAVANDERA 4. Hay una cosa en el mundo que es la mirada. Mi madre lo decía. No es lo mismo una mujer mirando a unas rosas que una mujer mirando a los muslos de un hombre. Ella lo mira.

LAVANDERA 2. Todo esto son cuestiones de gente que no tiene conformidad con su sino.

JUAN. ¿Es que no conoces mi modo de ser? Las ovejas en el redil y las mujeres en su casa. Tú sales demasiado. ¿No me has oído decir esto siempre?
YERMA. Justo. Las mujeres dentro de sus casas. Cuando las casas no son tumbas. Cuando las sillas se rompen y las sábanas de hilo se gastan con el uso. Pero aquí, no. Cada noche, cuando me acuesto, encuentro mi cama más nueva, mas reluciente, como si estuviera recién traída de la ciudad.

JUAN. Entonces, ¿qué quieres hacer?
YERMA. Quiero beber agua y no hay vaso ni agua; quiero subir al monte y no tengo pies; quiero bordar mis enaguas y no encuentro los hilos.

YERMA. La mujer del campo que no da hijos es inútil como un manojo de espinos ¡y hasta mala!, a pesar de que yo sea de este desecho dejado de la mano de Dios. (María hace un gesto como para tomar al niño.) Tómalo; contigo está más a gusto. Yo no debo tener manos de madre.
MARÍA. ¿Por qué me dices eso?
YERMA. (Se levanta.) Porque estoy harta, porque estoy harta de tenerlas y no poderlas usar en cosa propia. Que estoy ofendida, ofendida y rebajada hasta lo último, viendo que los trigos apuntan, que las fuentes no cesan de dar agua, y que paren las ovejas cientos de corderos, y las perras, y que parece que todo el campo puesto de pie me enseña sus crías tiernas, adormiladas, mientras yo siento dos golpes de martillo aquí, en lugar de la boca de mi niño.

DOLORES. No soy. Que mi lengua se llene de hormigas, como está la boca de los muertos, si alguna vez he mentido. La última vez hice la oración con una mujer mendicante, que estaba seca más tiempo que tú, y se le endulzó el vientre de manera tan hermosa que tuvo dos criaturas ahí abajo, en el río, porque no le daba tiempo a llegar a las casas, y ella misma las trajo en un pañal para que yo las arreglase.

YERMA. No te dejo hablar ni una sola palabra. Ni una más. Te figuras tú y tu gente que sois vosotros los únicos que guardáis honra, y no sabes que mi casta no ha tenido nunca nada que ocultar. Anda. Acércate a mí y huele mis vestidos, ¡acércate!, a ver dónde encuentras un olor que no sea tuyo, que no sea de tu cuerpo. Me pones desnuda en mitad de la plaza y me escupes. Haz conmigo lo que quieras, que soy tu mujer, pero guárdate de poner nombre de varón sobre mis pechos.
JUAN. No soy yo quien lo pone; lo pones tú con tu conducta y el pueblo lo empieza a decir. Lo empieza a decir claramente. Cuando llego a un corro, todos callan; cuando voy a pesar la harina, todos callan; y hasta de noche en el campo, cuando despierto, me parece que también se callan las ramas de los árboles.